La peligrosa huida de los migrantes a través del tren de “La Bestia”

tren la bestia

 

 

Diagonal

 

 

 

Cerca de 500.000 personas se arriesgan a ser asesinadas, secuestradas o violadas para llegar a EE.UU.

 

 

Medio millón de personas viajan cada año por el corredor de migración más importante del mundo, que atraviesa México desde la frontera con Guatemala hasta EE UU.

El viaje comienza al sur, a orillas del río Suchiate, frontera natural entre Guatemala y México. Allí, cientos de contrabandistas cruzan sus aguas en balsas de plástico cada día para traficar con mercancías o trabajar al otro lado de la frontera. En cuanto se llega a la parte mexicana, pueden observarse las primeras trampas en el camino: falsas “agencias de viaje” que ofrecen guías hasta la frontera norte por un precio que oscila entre los 500 y los 1.000 pesos.

Pero los balseros, además de transportar objetos, trasladan sobre las aguas a los más de 500.000 migrantes que emprenden el camino hacia Estados Unidos cada año. Hondureños, guatemaltecos y salvadoreños atestan el corredor de migración más concurrido del mundo, que atraviesa México de sur a norte.

Ante la falta de recursos materiales y el miedo a las autoridades del Instituto Nacional de Migración (INM) y el Ejército, que controlan las carreteras, los viajeros utilizan la línea ferroviaria que transporta mercancías pesadas desde Ciudad Hidalgo o Tenosique, situadas junto a la frontera con Guatemala, hasta El Paso o Ciudad Juárez, en el borde de los Estados Unidos. En el medio, más de 5.000 kilómetros de vías y paisajes naturales, que van desde el campo seco de matorrales hasta las selvas tropicales, y desde las grandes ciudades mexicanas hasta pueblos de unas cuantas chabolas.

Hasta hace unos meses, el trayecto sobre los trenes comenzaba en Arriaga, población situada 262 kilómetros al norte de Ciudad Hidalgo. Debido a esa situación, los migrantes debían hacer el primer trayecto sobre suelo mexicano a pie, atravesando un territorio peligroso donde el punto más conflictivo es conocido como La Arrocera. Los campos de arroz que dan nombre al enclave son el marco de encrucijadas de caminos, carreteras, vías y pequeños pueblos donde algunos delincuentes aprovechan para engañar, robar, violar o asesinar a los que pretenden llegar hasta Arriaga.
El control a los migrantes

Sin embargo, en julio de 2012 se ha vuelto a abrir el trayecto en tren desde Ciudad Hidalgo, conocido como Chiapas-Mayab y cerrado en 2005 por los daños del huracán Stan. Así se recupera la antigua ruta ferroviaria conocida como la Panamericana, que transportaba carga pesada desde Salina Cruz hasta la frontera sur. Desde entonces, el Gobierno mexicano lleva varios meses con problemas de migración masiva en la propia frontera, por lo que se ha visto obligado a realizar controles y deportaciones a gran escala.

Pero no sólo los delincuentes comunes se aprovechan de la mercancía humana. Los Zetas son una organización criminal cuyos negocios principales son el tráfico de drogas y de armas, la extorsión, los secuestros y la trata. Fue formada a mediados de los noventa por un grupo de desertores del Grupo Aeromóviles de Fuerzas Especiales del Ejército Mexicano (Gafes), que se creó para contrarrestar las insurgencias zapatistas en el estado de Chiapas.

Los integrantes de la banda fueron entrenados por la CIA estadounidense y otros ejércitos extranjeros en el manejo de armas y la lucha militar. En un principio se asociaron al Cártel del Golfo como brazo armado, pero en 2010 se escindieron y formaron su propia organización independiente. Hoy en día tienen un pacto con el Cártel de Juárez, y operan en la zona central y norte de México. Los migrantes nutren en gran parte sus actividades en el comercio de personas, y, según los datos más recientes que ha publicado la agencia Amercopress (2009), más de 10.000 personas son secuestradas cada año por los Zetas en su trayecto hacia los Estados Unidos.

Arriaga es el punto donde se cogía por primera vez “La Bestia” (así es como conocen los migrantes al tren). Las vías atraviesan el centro del pueblo, y a los lados hay pequeños hostales y refugios que, como las “agencias de viaje” de la frontera con Guatemala, ofrecen un servicio engañoso a los viajeros. El territorio Zeta comienza más al norte, en Veracruz y Tabasco, por lo que Arriaga se encuentra en zona controlada por el Cártel del Golfo. De todas formas, pequeñas células de los Zetas también operan en esos puntos geográficos. Debido a esto, tanto en la frontera desde Ciudad Hidalgo como en Arriaga, este es el principal grupo que acecha a los viajeros. Se aprovechan de la tradicional figura del pollero, individuo que ejerce de guía para varias personas durante la travesía por México a cambio de un dinero que oscila entre los 3000 y los 7000 pesos.

Los Zetas, de este modo, mandan a sus halcones (el nombre que reciben en la organización los vigilantes de cada una de las zonas en las que actúan) para que se hagan pasar por polleros. Así engañan a los migrantes, consiguen dinero y, una vez el tren ha partido, vigilan quién puede resultar más rentable para pedir un rescate y avisan a sus compañeros para las emboscadas. En este sentido, los maquinistas del tren y los capataces de las estaciones (conocidos como garroteros) también tienen su responsabilidad, ya que bien por dinero o mediante amenazas, los criminales los obligan a parar el tren en determinados puntos.
Secuestros masivos de personas

Y cuando eso ocurre, los secuestros masivos son inevitables: los Zetas saben que los migrantes tienen contactos en Estados Unidos, y no dudan en torturar al secuestrado para conseguir el número de teléfono de sus familiares. Si el viajero no posee dinero o conocidos al otro lado de la frontera, se abre la nueva posibilidad del tráfico de órganos, la prostitución, o el reclutamiento forzoso para engrosar las filas de la organización. Las matanzas de San Fernando (Tamaulipas), donde se encontraron enterrados más de 193 cadáveres de migrantes en varias fosas, son un ejemplo de lo que puede ocurrir después de un secuestro.

Sin embargo, no sólo son peligrosos los secuestros, la tortura y el asesinato. El tren, un enorme convoy de grandes vagones, es una máquina que mata y mutila migrantes todos los días. A lo largo del camino hay albergues que dan hospedaje y comida a los viajeros mientras esperan un nuevo tren, como el de Hermanos en el camino, de Ixtepec, regentado por el Padre Solalinde, que ha tenido que pasar recientemente una temporada fuera de México por amenazas de los Zetas.

Y también existen casas de acogida para supervivientes mutilados de “La Bestia”. El más famoso se encuentra en Tapachula y se llama Jesús el Buen Pastor. Allí conviven migrantes que sufrieron caídas y amputaciones en el camino, y que milagrosamente sobrevivieron. Miguel es el que menos tiempo lleva en el albergue, tiene veintiocho años y creció en la ciudad hondureña de San Pedro Sula, una de las más peligrosas del mundo. Consiguió salir de allí con un amigo de la infancia: “Cuando éramos niños era más tranquilo, pero después del golpe de estado de Zelaya empezaron los asaltos entre los vecinos, teníamos miedo”. Desesperados por la miseria y la violencia, decidieron cruzar a México e intentar el sueño americano subiendo al tren. En el trayecto de Veracruz, cuando cogieron el tren en marcha, el pantalón de Miguel se enganchó a las ruedas de acero y su cuerpo cayó entre los vagones. Su amigo saltó y buscó ayuda para que no se desangrase. Miguel, tendido al borde de las vías, había perdido las dos piernas.

Después de dos días y de ser atendido de sus heridas, fue trasladado al albergue Jesús el Buen Pastor, donde le hacen curas para evitar infecciones y que las heridas cicatricen. “Tenía miedo a volver a casa. Mi familia piensa que estoy en Estados Unidos trabajando”. Su amigo dejó el viaje y está con él en Tapachula. Miguel no se despega de su Biblia: “me la regaló una amiga allá en Honduras. Ahora es lo único que tengo”.
Desde Guatemala, Honduras, El Salvador…

En el tren viajan personas de todo tipo: desde hombres que no pueden ganarse la vida en su país, hasta delincuentes perseguidos por maras rivales o la policía de sus estados de origen. Un hombre maduro y un chico de unos dieciséis años dormitan, apoyados en la parte central del techo. Ante el riesgo de continuar hacia Estados Unidos, pretenden quedarse en la capital azteca. “Mejor allí que en mi casa”, dice el hombre. Cuenta que en Guatemala, durante la guerra, perteneció al cuerpo de élite del Ejército entrenado en tácticas contrainsurgentes, los Kaibiles, y que ahora, cerca ya de los sesenta, dice acompañar al joven que dormita hasta México D. F. desde su país por su amistad con la familia.

Otro viajero, en este caso una mujer que viaja en el saliente trasero de uno de los vagones del fondo, cuenta su historia. Tiene un hermano en Estados Unidos, y la única opción que le queda es ir a encontrarlo y escapar de su país, El Salvador. “A mi último hijo lo mataron en el asalto a un autobús”, dice. Sentada, cabizbaja y de mirada dura, viaja rodeada de hombres para obtener protección a cambio de sexo. Y es que las mujeres que recorren las vías mexicanas son las que más se exponen. Las estadísticas aproximadas que tienen los dueños de los albergues dicen que siete de cada diez son violadas durante el trayecto. De hecho, en muchos de los refugios se mezcla bromuro con la comida para paliar el apetito sexual de los migrantes.

Así es como se desangra Centroamérica día tras día. Desde El Salvador, Honduras, Guatemala, pasando por el Suchiate, el punto de partida mexicano. Después Tapachula, Tenosique. Más adelante Veracruz, Tamaulipas, Reynosa. Y ya en la frontera norte, Nogales y Tijuana. El tren, cargado de hombres, trae la mercancía perfecta que hace funcionar el entramado criminal de un país convulso y lleno de peligros. A través de campos, selvas, ciudades, miles de personas esperan llegar al norte subidas en los techos de un tren que, para ellos, casi nunca termina en el destino esperado.

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