Cuando el dogma mata

cuando el dogma mata

 

 

Por Max J. Castro

Progreso Semanal

 

 

 

Parece ser el colmo de la tontería. En un país donde decenas de millones carecen de acceso a la atención médica, el gobierno federal está ofreciendo a los estados de manera gratuita miles de millones de dólares durante los próximos tres años para proveer de cobertura a una proporción significativa de los no asegurados. Y en vez de sacar la alfombra de debajo de los estados cuando pasen los tres años, los federales aún cubrirán al menos 90 por ciento del costo después de 2016.

Es una propuesta que no se puede rechazar. Excepto que, increíblemente, muchos (aunque no todos) los gobernadores o legislaturas republicanos están haciendo justamente eso al decir no a la expansión de Medicaid bajo la Ley de Cuidados Asequibles del presidente Obama.

No es que la gente que se beneficiaría de la magnanimidad federal no necesite la ayuda. Para ser elegible para Medicaid se debe ganar no más del 138 por ciento del límite de la pobreza, o $16 000 dólares al año para un individuo, y $32 500 para una familia de cuatro.

Eso apenas alcanza para los alimentos y un techo, sin contar el pago del precio exorbitante del seguro privado de salud. Además, como pocas de estas personas trabajan para patrones que den cobertura de salud, sin Medicaid están obligados a jugar con su salud y con su misma vida, echando a un lado chequeos y visitas médicas y vivir sin medicamente esenciales para el tratamiento de enfermedades crónicas. Su último recurso, cuando están muy enfermos, es la sala de urgencia, donde el tratamiento es extremadamente caro para el contribuyente y a menudo demasiado tarde para el paciente.

Se puede decir con seguridad que la resistencia de muchos estados a la expansión de Medicaid, a pesar de un costo mínimo o ninguno para ellos, es demencial, miserable, cruel, insensible e incluso criminal. Pero no se puede decir que es popular, incluso en los estados centrales de la derecha de Estados Unidos. Una encuesta reciente en cinco de los estados más conservadores del país –Alabama, Georgia, Luisiana, Mississippi y Carolina del Sur– cuyos gobernadores y legisladores están rechazando el dinero para la expansión de Medicaid, arrojó que 62 por ciento de la gente no está de acuerdo con sus supuestos representantes.

No es de extrañar. Cuatro de esos estados están entre los cinco peores de la nación en términos de salud general de su población y el otro, Georgia, está en el número 36. Millones de personas en esos estados necesitan desesperadamente la expansión que Medicaid les brindaría. Los políticos han demostrado que no les importa en lo absoluto.

La cosa más sorprendente es por esta vez los republicanos no están haciendo una guerra de clase contra los pobres y casi pobres a nombre de los sospechosos usuales –los cabilderos, Wall Street, corporaciones enormes, los ricos mismos. Esta vez es casi puramente una expresión de una ideología extremista y maniquea que mantiene que cualquier cosa que venga del gobierno es mala por definición.

¿Qué va a hacer un ideólogo de derecha cuando el gobierno federal –en otras palabras, el Diablo– ofrece en bandeja de plata un regalo enorme que hasta la ciudadanía de los estados más ignorantes de la nación comprende abrumadoramente que es algo bueno?

Las varias excusas sin sentido ofrecidas por los opositores a la expansión de Medicaid, y la amarga división acerca del asunto en el propio seno del Partido Republicano, reflejan el dilema del ideólogo de derecha. Oponerse a la expansión de Medicaid en los términos ofrecidos por Obama es muy difícil de justificar. El rechazo tiene tan poco sentido para la mayoría de los electores que políticos previamente recalcitrantes que aspiran a una próxima reelección, como el gobernador de la Florida Rick Scott, han decidido que es prudente cambiar de opinión y apoyar la expansión de Medicaid. Pero la legislatura de la Florida controlada por los republicanos, al igual que las de muchos otros estados, la eliminaron

Por otra parte, permitir la expansión de Medicaid, precisamente porque es algo bueno hecho posible por el gobierno federal que ayudará de manera significativa a muchísima gente, socava la fundamentación ideológica sobre la que se construyó el actual reaccionario Partido Republicano Esa fundamentación fue perfectamente resumida por Ronald Reagan: “El gobierno no es la solución. El gobierno es el problema”.

Sin embargo, la realidad es que para el problema que la expansión de Medicaid es la respuesta, el gobierno es la única solución. Ciertamente el “sector privado” no ha producido soluciones para los millones de casi pobres, muchos con empleo y familia, que no pueden pagar el seguro de salud que la industria vende. Y la alternativa a la expansión de Medicaid, propuesta por unos pocos legisladores republicanos, incluyendo uno en la legislatura de la Florida, son más que patéticas.

La campaña en contra de la expansión de Medicaid revela, quizás mejor que cualquier otra cosa, una verdad muy clara acerca de un sector muy grande del moderno Partido Republicano, a saber, que hará casi cualquier cosa, incluyendo jugar con la vida y salud de las personas, para salvaguardar el dogma ideológico que lo define.

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