La Política del Miedo y de la Intimidación en los Estados-Unidos

BANDERA, estatua

 

Por Daniel Patrick Welch

Global Research

 

 

 

A veces la punta del iceberg se asoma, y los hechos relatados corroboran la experiencia de la mayoría de las personas. El último informe de Pew Center, el cual, ahora ha alcanzado una amplia difusión, muestra que un total de 93% de hogares estadounidenses *perdió* terreno en la tan loada recuperación de 2009-2011. [http://www.burlingtonfreepress.com/viewart/20130423/BUSINESS/304230011/Pew-93-households-lost-net-worth-2009-11] Esto simplemente ratifica lo que todos estamos viviendo, encubierto por promedios, pretextos y engaños. No existe la “recuperación”. Los sectores *dentro* del quintil superior apenas están aguantando la crisis.

Esta es la imagen más cruda que he visto en blanco y negro; anteriormente había estado diciendo que alguien que escuchase que si bien parece haber un repunte para aquellos en los $250 000 y margen más elevado, queda muy claro que no es el caso para el cuarto quintil inferior [es decir, $100 000 combinado con el ingreso familiar del 2010]. Debería ser lo suficientemente sorprendente para la mayoría de los tipos de clase media que el cuadro real sea tan diferente de lo que creen que están viviendo, es decir, que en realidad se encuentran en un 8 a10% superior… PERO los datos revelan que es peor aún. Incluso, aquellas familias que llegan hasta los $500 000 (!) están perdiendo terreno.

Esto especifica la desesperación dentro de la perspectiva política de lo que Zinn denominó La Guardia y lo que Chomsky denominó El Sacerdocio: las personas que están bien dentro del sistema actual pero que creen que se necesitan unos ajustes. A medida que este sector se reduce, las contradicciones internas se pondrán de manifiesto y la respuesta del estado será más dura y menos elástica. Por ende, los hogares con “dos buenos trabajos”, digamos $100 000 más cada uno, son propensos a tener algo de esperanza, la célebre mantra de “brotes de recuperación” cayó en saco roto para la mayoría de nosotros hace unos años. ¡Vamos, muchachos, *puede* funcionar! ¡Todos debemos tener un poco más de paciencia! Etc.

Las implicaciones políticas son bastante alarmantes. Este sector es fundamental para la viabilidad y la legitimidad pública del sistema, y el pánico tiene consecuencias transcendentales. Puede que estén comenzando a darse cuenta de que ellos, también, a fin de cuentas, quedarán detrás en el desplazamiento de la riqueza y que, en realidad, nunca se trató de ellos. Despacio pero seguro y en mayor o menor grado, están recapitulando la epifanía de Judas [al menos, la versión de Andrew Lloyd Weber]: “¡Dios mío estoy harto. Me han usado, y tú lo supiste todo el tiempo!” Recién comienzan a ver que están frente a una difícil batalla en un juego manipulado contra el Parlamento con un as en la manga, y cualquier otra analogía vulgar que quieras meter, pero ellos no tendrán lugar alguno adónde ir.

Paradójicamente, la ola inicial de reacción ante esta nueva y reciente traición por parte de sus patrones en la clase gobernante no dará vuelta a la situación. Expresará este enojo a aquellas personas debajo, en aquel viejo juego arcaico de matar al mensajero. Por consiguiente, se convertirán incluso en óptimos “silenciadores”, el término usado por Seinfeld para aquellos espectadores que mantenían el orden en un teatro. Los Border Collies, los guardias…siempre han estado allí, pero fueron más conscientemente parte del profesional “sobrante”, un ícono de la clase política. En el período en curso, el enojo de ellos es más desesperado y más difuso: Siempre se han inclinado más, por ejemplo, en confiar en la policía, en creer en la versión oficial de los acontecimientos, en evitar fuentes de información que su experiencia y posición de elite consideraban que era realmente inaceptable. El haber estado en escasas ocasiones, si es que alguna vez estuvieron, del lado equivocado de la Burocracia o tuvieron que sacar a parientes de la cárcel bajo fianza o tuvieron ellos mismos experiencias de tinte racista, están preparados y sometidos a ser las fuerzas de choque del Discurso Aceptable. Frente a la mayor perfidia por parte de sus apostadores de clase, no pueden (todavía) morder ellos mismos lo que aún consideran como la mano que les da de comer. Por consiguiente, arremeterán ferozmente contra el rótulo incongruente de “parásitos” quienes ellos creen que están organizando sus banquetes, aun cuando el estruendo de la disonancia cognitiva crezca dentro de sus cabezas.

Las consecuencias brutales de este juego es un elemento visible de una realidad que nos rodea, a medida que el número de bajas aumenta y el firme terrorismo de Estado del aparato de Estado crece cada vez más horroroso en su intento de mantener sus excesivos estilos de vida a través de la hegemonía de los recursos de todo el mundo. Esta transacción se pierde completamente en los Silenciadores, más bien, se convierten en seguidores morbosos, con o sin reconocimiento. Son capaces, de algún modo, de racionalizar la completa destrucción de país tras país, aunque se les demuestre que les están mintiendo para que lo hagan. Para ellos es irrelevante que su gobierno esté financiando, armando y entrenando a los mismísimos terroristas islámicos en Siria y Libia y que estén preparados para causar temor en otros sitios. La regla matemática simple del equilibrio exige que reconozcan y rechacen los 1000: 1 proporción de violencia haciendo estragos en el mundo en su nombre, con su dinero, con su silencio en el mejor de los casos y un respaldo entusiasta en el peor de los casos. Es que no les importa un carajo, y el privilegio macabro hacia las relativamente pocas víctimas entre los de su propio país, lo cual es tan atroz como los son estos indudablemente, se pierde fuera de la burbuja en la que se encuentra en donde el resto del mundo llora por sus víctimas.

Las consecuencias económicas de su pérdida de rango los hace cagarse del susto: si bien la lógica y la moralidad básica determinan que deberían despertarse cada mañana teniendo siempre presente la sangrienta masacre de su propio ejército de aviones teledirigidos, en su lugar, están preocupados por el hecho de que ya no puedan afrontar económicamente una peregrinación anual a Disney o de que, tal vez, tengan que posponer la reforma de la cocina o del baño o del bote o del auto que han estado considerando. Si esto hace que ellos se vean como monstruos, que así sea. Existe algo épico sobre el horror de simultáneamente no tener poder por encima de un sistema político que causa tal destrucción e incluso todavía defender ese mismo sistema como aceptable y benigno sin, como mínimo, haber sido el clásico proverbio del canario en la mina de carbón, el más pequeño que grita: “¡Estamos aquí!” desde la torre más alta disponible. Es más que un engaño y una vergüenza. Es un crimen moral, una brecha de un deber ético que tendrá consecuencias inimaginables cuando el equilibrio se enderece con el tiempo. Y sí, para los lectores internacionales, comprendo el ensimismamiento de concentrarse en la experiencia interna de los Estados Unidos de AmériKa, y oigo sus gritos de “¡A quién mierda le importa!” dentro de mi cabeza. Si estuviste a mi lado todo este tiempo, cuentas con mi admiración. A veces, considero necesario hablar de y sobre mis compatriotas de Estados Unidos de AmériKa desde el punto de vista de una persona que comparte, aunque a veces de forma tangencial, su experiencia.

Creo que estamos viviendo el momento en el que todo se descontrolará. Tal vez, lleve un año o dos o diez, pero en términos históricos estamos viviendo en ese instante, ese día en donde, recordando lo vivido, será posible confirmar que todo cambió. Es el momento crucial brillantemente representado por el montaje al final de Los Miserables en donde todos los actores sociales, sin importar su rol o posición, perciben que algo transcendental se asoma en el horizonte: “Mañana descubriremos lo que nos reserva nuestro Señor. Un nuevo amanecer. Un nuevo día. ¡Un día más!”

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