Las irregularidades revelan que las elecciones en México distaron mucho de ser limpias

Por Mark Weisbrot

 

 

Los medios reescriben a diario la historia y, al hacerlo, impiden que comprendamos el presente. Las elecciones presidenciales de México de hace una semana es prueba de ello. Los informes de prensa nos dicen que Felipe Calderón, el presidente saliente del Partido Acción Nacional (PAN) “ganó las elecciones de 2006 por estrecho margen”.

Pero esto no fue precisamente así, y sin saber lo que en realidad sucedió en 2006, quizás sea más difícil comprender el escepticismo generalizado del pueblo mexicano en cuanto a los resultados de las más recientes elecciones. Las cifras oficiales muestran que el candidato del Partido Institucional Revolucionario (PRI), Enrique Peña Nieto, ganó el 38,2 por ciento de los votos por el 31,6 por ciento para Andrés Manuel López Obrador, del Partido de la Revolución Democrática (PRD), y 25,4 por ciento para Josefina Vázquez Mota, del PAN. No ayuda que las actuales elecciones hayan estado manchadas por informes generalizados de compra de votos. Según The Washington Post:

“No fueron elecciones limpias ni imparciales, dijo Eduardo Huchim, de la Alianza Cívica, un grupo mexicano de control financiado por el Programa de Desarrollo de Naciones Unidas (PNUD).

Esto fue soborno a gran escala, dijo Huchim, exfuncionario del Instituto Federal Electoral. “Quizás haya sido la mayor operación de compra de votos y coerción en la historia del país”.

Puede que no haya sido suficiente para decidir la contienda presidencial. Pero para los que saben lo que sucedió en realidad en 2006, la falta de fe de los electores es totalmente comprensible. El margen oficial de diferencia entre Calderón y López Obrador del PRD, quien fue también el nominado del PRD en las elecciones de 2006, fue de 0,58 por ciento. Pero hubo gigantescas irregularidades. La más prominente, que fue ignorada en gran medida por la prensa internacional, fue el problema de “suma total” en casi la mitad de las urnas. Según los procedimientos electorales mexicanos, cada colegio electoral recibe un número fijo de votos en blanco. Al terminar la votación, la cifra de los votos en blanco restantes, además del número de votos efectuados, supuestamente coinciden con el número original de los votos en blanco. En casi la mitad de los colegios electorales, esto no sucedió.

Pero la cosa fue peor. Debido a la presión popular, las autoridades electorales mexicanas realizaron dos reconteos parciales de los votos. El segundo se hizo con una enorme muestra: recontaron el 9 por ciento de los votos. Pero sin ofrecer explicación alguna, las autoridades electorales se negaron a informar al público de los resultados del recuento.

Desde el 9 al 13 de agosto de 2006, las autoridades electorales mexicanas colocaron en Internet miles de páginas de resultados, las cuales incluían el recuento total de los votos. Entonces fue posible, mediante cientos de hora de trabajo, reconstruir lo que sucedió en el recuento y compararlo con los resultados previos. En el Centro para la Investigación Política y Económica, hicimos esto con una gran muestra aleatoria (14,4 por ciento) de los votos recontados. Entre estos votos, el margen de victoria de Calderón desapareció.

Esto puede que explique por qué las autoridades electorales nunca dijeron al público lo que arrojaba el recuento, y por qué las autoridades electorales se negaron a hacer un recuento total –lo que hubiera sido lo apropiado para unas elecciones tan reñidas con tantas irregularidades. Un reconteo total podría haber cambiado totalmente el resultado o hubiera descubierto que las elecciones habían sido completamente indeterminadas. Por esa época me llamó la atención la ausencia de interés de los medios, tanto en el problema de la “suma total” como en los resultados del recuento. Ambos resultados estaban disponibles en Internet. Aunque era dificultoso concordar los datos del recuento, cualquier organización periodística con un par de miles de dólares hubiera podido contratar a algunos trabajadores a tiempo parcial para realizar la tarea. Pero ninguna estuvo interesada.

López Obrador cometió el error de asegurar que las elecciones de 2006 habían sido robadas sin exigir que se publicaran los resultados del recuento –posiblemente porque no confiaba en que este fuera más preciso que el conteo original. Sí llamó la atención del problema de la suma total, pero los medios ignoraron esto y la mayoría de ellos lo presentó como un mal perdedor.

Tanto las elecciones de 2006 como las de 2012 fueron manipuladas en otras formas. Un estudio de la Universidad de Texas demuestra que en 2006 hubo una significativa parcialidad de los medios en contra de López Obrador, y que fue mucho más que suficiente para influir en unas elecciones reñidas. Aproximadamente 95 por ciento de los espacios televisivos está controlado por solo dos compañías, Televisa y Azteca, y su hostilidad hacia el PRD ha sido demostrada.

En la actual campaña presidencial, el duopolio mediático fue criticado por no transmitir nacionalmente el primer debate presidencial del 6 de mayo. Después de que manifestantes estudiantiles fueran calificados en los medios como agitadores externos, se inició un movimiento de protesta en contra de los medios televisivos. Se llamaba
“Yo soy #132”, después de que los manifestantes iníciales produjeran un video viral que mostraba sus carnés estudiantiles, para indicar que eran genuinos estudiantes.

John Ackerman criticó con razón al presidente Obama por felicitar a Peña Nieto como vencedor antes de que se conocieran los resultados oficiales. Esto fue similar a los esfuerzos de la administración Bush por ayudar a Calderón en 2006, los cuales comenzaron inmediatamente después de terminada la votación. La campaña pro Calderón para establecer su “victoria” como un fail accompli, fue modelada según la explotación exitosa por parte del equipo de Bush de su “ventaja local” en la Florida en 2000, tal como lo describió Jeffrey Toobin en su excelente libro Demasiada reñida para saber.

Como he comentado anteriormente, no es porque México tenga un electorado de derecha que el país haya ido contra la corriente de los últimos 14 años en Latinoamérica. Un país tras otro (Brasil, Venezuela, Argentina, Ecuador, Bolivia, Uruguay, Paraguay, Honduras, El Salvador, Nicaragua y otros) han elegido y reelegido a gobiernos de izquierda en respuesta al peor fracaso económico a largo plazo de Latinoamérica en más de un siglo (1980-2000), y aunque al resto de la región le ha ido mejor durante la década pasada, a México no.

Algunos han señalado que los otros presidentes izquierdistas de las Américas también se han enfrentado a medios hostiles y parcializados, y sin embargo ganaron. Esto ciertamente ha sido cierto en todos los países anteriormente mencionados –algunos, como Bolivia, tienen medios peores aún que los mexicanos. Pero México está, como dice el dicho “tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”. Una cosa es presentar a un líder de Ecuador o Bolivia como “otro Hugo Chávez”, como las campañas de medios hicieron allí y en otras partes. Estos candidatos mayormente se rieron de esto. Pero cuando los medios de México hacen lo mismo con López Obrador –como han estado haciendo desde 2006–, tiene otro significado. México comparte una frontera de más de 3 000 kilómetros con EE.UU. y envía al norte 80 por ciento de sus exportaciones que no son de petróleo. Sin contar a los 12 millones de mexicanos que viven en Estados Unidos. Los medios derechistas de México están en una posición más fuerte para lanzar una eficaz campaña de temor.

Desde Grecia hasta Irlanda y México, así es cómo la elite mantiene en un puño a las economías defectuosas –no ofreciendo esperanza, no importa cuán tenue, en un futuro mejor–, sino extendiendo el temor de que cualquier intento de una posible alternativa provocará el Armagedón.

Mientras la derecha en México controle los medios televisivos –y pueda asegurarse más manipulando el proceso electoral según necesite–, México tendrá una forma muy limitada de democracia, y también verá limitado su potencial económico.

 

FUENTE  :  EL GUAARDIAN

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