¿A quién le importa el clamor de la Madre Tierra?

 

 

Por Vicky Peláez

 

 

En la escala cósmica del astrofísico ruso Nicolai Kardashev, nosotros pertenecemos a la Civilización 0 (cero). Este tipo de civilización es como un niño malcriado incapaz de controlar sus berrinches y explosiones de su temperamento autodestructivo. (Michio Kaku, “Visions”, 1997).

Hace 20 años los países participantes en la Conferencia de las Naciones Unidas Río+20 Sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo, celebrada en Río de Janeiro, firmaron una Declaración que llamaba a los Estados tomar medidas urgentes “para reducir y eliminar las modalidades de producción y consumo insostenibles y fomentar las políticas demográficas apropiadas”.

Los firmantes de la declaración señalaron “la guerra como enemiga por definición del desarrollo sostenible” y prometieron hacer todo lo posible para cambiar el mundo y poner en marcha una nueva política ambiental para mejorar la vida en nuestro planeta. Pero !Ay! nada de esto se hizo realidad.

Lo que no tomaron en cuenta los 170 países participantes de aquella cumbre o simplemente no quisieron ver, fue que en la era de la globalización los intereses del Estado están subordinados a la voluntad de las transnacionales que no están interesadas ni siquiera en la aprobación de las normas ambientales más elementales que puedan afectar sus intereses corporativos. Los 27 principios de la Declaración final se han quedado flotando en el aire como un tenue recuerdo de intenciones nobles de la conciencia humana y nada más

Mientras tanto la guerra y la destrucción de nuestro Planeta Tierra han seguido su curso. Sus recientes resultados devastadores los vemos cada día en Irak, Afganistán, Libia y ahora Siria. La explotación del hombre por el hombre y a la vez la más despiadada explotación de los recursos naturales y de la misma Madre Tierra se intensificó. Las políticas demográficas apropiadas resultaron en la interpretación moderna de los globalizadores en el retorno a la esterilización de los segmentos más pobres de la población en los países en el proceso de desarrollo. El ex presidente del Perú Alberto Fujimori (1990-2000) hizo esterilizar con la bendición de los globalizadores y con los fondos de las Naciones Unidas a 300,000 mujeres quechuas y aimaras, es decir el 50 por ciento de las mujeres indígenas en la edad de reproducción.

En estos últimos 20 años la política neoliberal, basada en el consumismo irracional y desigual, hizo disminuir los recursos biológicos en nuestro planeta en un 20 por ciento, afectando seriamente el equilibrio ecológico en la Tierra. La cantidad de la basura plástica aumentó en el Océano Pacífico en un 50 por ciento, especialmente en la zona de California y Hawái donde un 10 por ciento de los peces capturados tienen partículas de plástico en sus organismos. La reciente muerte misteriosa de 4.500 pelícanos en las playas del Perú se atribuye por los especialistas al calentamiento del Océano Pacífico, cuya temperatura subió seis grados centígrados provocando el desplazamiento de anchoveta a las aguas más profundas dejando a los pelícanos sin su alimento clave.

Pero en realidad nadie puede estar seguro de esta conclusión igual como en el caso de 877 delfines que también murieron en el mismo período del tiempo. Aunque algunos especialistas, como Carlos Yaipen, consideran que las hemorragias y roturas en los oídos de los delfines están relacionadas con la exploración de petróleo que estaba haciendo en el lecho marino la petrolera estadounidense BPZ Energy disparando burbujas del aire comprimido al fondo del mar. Los sonidos muy fuertes producen hemorragias en el tejido graso en la grasa mandibular de los delfines donde se reciben los sonidos.

Sin embargo, la tragedia en el mar peruano debe ser insignificante en comparación con el desastre ecológico producido por el vertido de petróleo en el Golfo de México en 2010 que puso en peligro de ecocidio a 25 millones de especies. Extrañamente hasta ahora no existe ninguna estadística exacta sobre lo ocurrido. La contaminación causa serios estragos no solamente en el mar sino inclusive con más severidad en la tierra. Están desapareciendo los insectos que constituyen un eslabón básico en la cadena alimenticia además de cumplir el rol de polinizadores.

En el caso de las abejas y zánganos se ha reportado un importante descenso mundial que los científicos británicos y franceses atribuyen al uso intensivo de insecticidas neonicotinoides que afectan el sistema nervioso de las abejas y también a su orientación. De acuerdo a los científicos, si no paramos de usar este insecticida, las abejas desaparecerán en unos 25 años.

El destino de las abejas es lo que menos importa a los globalizadores como tampoco les conmueve la reciente advertencia de 150 científicos y expertos sobre la hecatombe amazónica desde la perspectiva ecológica, hidrográfica y político administrativa. El ecosistema, que se extiende a seis millones de kilómetros cuadrados que comparten Brasil, Perú, Bolivia, Ecuador, Guayana, Venezuela, Surinam y Guyana francesa, está en serio peligro de deforestación. Los megaproyectos viales y energéticos, y la expansión desenfrenada de monocultivos, como soya, café y caña, de la ganadería tecnificada y de la producción de biocombustibles hace peligrar el futuro de este pulmón verde más grande del planeta y el hogar del 30 por ciento de la vida animal y vegetal que hay en el mundo.

Para el 2005 el área deforestada acumulada era de más de 870,000 kilómetros cuadrados, con un aumento promedio anual de 24 mil kilómetros cuadrados entre 1990 y 2005. Para entender lo que está pasando en la Amazonía habría que revisar el caso peruano. El país posee la segunda extensión de Amazonía de 782, 880 kilómetros cuadrados después del Brasil (4,860 000 km2). De ellos 587,160 km2, están lotizados entre 17 transnacionales petroleras, lo que significa que el 75 por ciento de la selva peruana está en manos extranjeras. Otros 90,031 km2 (11.5%) están deforestados, quedándose el Estado peruano con sólo 10,568 km2 (13.5%). A este paso la Región Amazónica podría convertirse algún día en una gran sabana.

Hace 20 años en la Cumbre Río+20 los representantes de 170 países y de ellos 108 jefes del gobierno ya estaban conscientes de los problemas ecológicos que están amenazando la existencia de nuestro planeta y tomaron decisiones de protegerla. Sin embargo, no se hizo prácticamente nada para remediar los problemas y el dinero prometido para reforestar la Amazonía o impulsar el desarrollo sostenible nunca apareció. Ahora en vísperas de la próxima Conferencia sobre la Tierra, llamada oficialmente Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible que se celebrará en Río de Janeiro del 20 a 22 de Junio del año en curso, El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUD) publicó un documento de más 600 páginas tratando de demostrar que se puede resolver la crisis ambiental del planeta sin alterar la estructura del poder global.

Ya estamos frente a otro cuento de ficción que está repitiendo los mismos argumentos de 1992 con una ligera modificación al involucrar las “fallas del mercado” y “las asignaciones incorrectas del capital” en el fracaso de las promesas anteriores. Los autores del nuevo documento invocan la necesidad de “inversiones mundiales verdes” alrededor de un millón 200 millones de dólares anuales, es decir el 2 por ciento del PIB del planeta, para solucionar los problemas ambientales. Esta consigna de “inversión verde” hace recordar la de los años 1960 que declaraba la “revolución verde” como una alternativa para terminar con el hambre en el planeta. Sus ejecutores fueron la Monsanto, Novartis, AgrEvo, DuPont y otras transnacionales agroquímicas imponiendo fertilizantes, pesticidas e ingeniería genética en la agricultura, cuyas consecuencias está sufriendo ahora nuestra Pachamama (nombre quechua de la Madre Tierra).

Desde este punto de vista la “inversión verde” implicaría la participación del Wall Street que, usando una lógica elemental capitalista, querrá apoderarse de los ríos, mares, cerros y de nuestra selva para aumentar su ganancia. A los banqueros del Wall Street, cuyos socios son los dueños de las Monsanto, DuPont etc., no les interesa el futuro de nuestra Madre Tierra sino los dividendos que les puede aportar en el tiempo presente. El proverbio de Sioux que reza “que no heredamos la Tierra de nuestros antepasados, la tomamos prestada de nuestros hijos”, sonará extraño e incomprensible a los banqueros. Pero para nosotros, los habitantes de la Pachamama es un reto que debemos afrontar.

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