La Habana – Washington: la danza inmóvil (Abril 1961-Abril 2012)

Por José Luis Renique

Haber vivido lo suficiente como para escribirle el requiem al imperialismo yanqui pareciera celebrar Fidel Castro en su columna “Dormir con los ojos abiertos” del 16 de abril (http://www.cubadebate.cu/reflexiones-fidel/2012/04/16/dormir-con-los-ojos-abiertos/). La Cumbre de las Américas de Cartagena provee la ocasión para sostener que el imperio norteamericano “se ha ganado el derecho a descansar en paz”. A preservar la memoria de una cumbre “irreal” –en que a Barack Obama “el cansancio a veces lo vencía,” cerrando “los ojos involuntariamente” aunque “en ocasiones dormía con los ojos abiertos”– como vivo “ejemplo de un desastre” exhorta Castro a sus lectores; a reconocerla, más aún, como punto de inicio de una nueva etapa de las relaciones continentales en que la flamante Comunidad de Estados Latinoamericanos y del Caribe (CELAC) –y no la domeñada Organización de Estados Americanos– será el gran forum de la política hemisférica.

I

La fecha misma de la publicación de su columna invita a pensar en la historia que nutre a este viejo duelo Washington-La Habana; una historia que trasciende las clásicas periodizaciones de las relaciones EEUU-Latinoamérica para quedar como suspendida en el tiempo, idemne a deshielos y reconciliaciones. No solo ocurre que este año se cumple medio siglo de la expulsión de Cuba del “sistema interamericano” sino que, acaso más significativo aún, se celebra, por estos días, 51 años del incidente clave de este singular pulseo hemisférico: la frustrada invasión de Bahía de Cochinos.

¿Qué sucedió? Desde diversas perspectivas, una vasta literatura da cuenta de los acontecimientos que derivaron en el desembarco, al amanecer del 17 de abril de 1961, de la llamada Brigada 2506 –una mezcla de efectivos anti-castristas isleños y agentes yanquis–, en una pequeña bahía localizada a unos 150 kilómetros al sudeste de La Habana que los agresores prefieren identificar como “bahía de Cochinos” y los agredidos como “playa Girón.” Nadie discute que fue un verdadero “fiasco” obviamente. Interesante observar, sin embargo, como aquellos acontecimientos han sido asimilados a las diversas narrativas en torno a esos hechos delineadas. Una mera revisión de los títulos publicados basta para hacerse de ello una idea: delinean la impávida coreografía de una surreal “danza inmóvil.”

Del lado cubano, naturalmente, prevalece el tono victorioso (Playa Girón: tumba de la invasión mercenaria, Playa Girón: derrota del imperialismo, Playa Girón: la gran conjura o De La Demajagua a Playa Girón: un encuentro del pueblo con su propia historia); ese acontecimiento, más aún, aparece como punto neurálgico de la narrativa oficial de la revolución. “En Girón –en palabras del propio Fidel— quedó forjado nuestro Partido, por eso se considera el 16 de abril como fecha de la proclamación del carácter socialista de nuestra Revolución.” Por aquella época –acotaría el líder—“trabajábamos en la tarea de unir a las fuerzas revolucionarias en una sola organización, bajo una sola dirección”; proceso para el cual, la victoria sobre el imperialismo, significó el impulso final; la adopción vale decir del modelo soviético del partido único dentro del marco de una suerte de “comunismo de guerra” justificado por el embargo decretado por Washington.

Un puñado de publicaciones, asimismo, refleja la amarga frustración de los protagonistas de aquella operación (Cómo murieron nuestros heroes: fuerza aerea de liberación, La patria nos espera: la invasión de Bahía de Cochinos relatada en las palabras de la Brigada de Asalto 2506 o An act of betrayal : America’s involvement in the Bay of Pigs: a novel). El sentimiento de haber sido víctimas de una artera traición prevalece aqui. El presidente Kennedy emerge aquí como el gran responsable, por su decisión, en particular, de suspender en el último minuto el apoyo aéreo a la operación. De la lucha contra Batista provenían muchos de ellos; se sentían más aún, herederos de esa tradición de ciudadanos armados –tan cara a la cultura políca cubana– que se remontaba a José Martí y de la cual, el propio Fidel era representante. Terminaron, sin embargo, mezclados en una operación dirigida por un puñado de burócratas temerosos e ignorantes demasiado preocupados por preservar su propia carrera, a quienes –como observaría el connotado periodista estadounidense Haynes Johnson—, en su propia ingenua soledad, veían aquellos luchadores anti-castristas con una “confianza ciega.”[1] Tras la derrota, terminarían, como los “gusanos” de la historia; rehenes de la derecha cubana que, desde Miami, a la par con su notable prosperidad material, forjaría un poderoso lobby que, a su vez, secuestraría la política cubana de sucesivas administraciones tanto demócratas como republicanas.

Académicos estadounidenses son los mayores contribuyentes de la tercera perspectiva de este diálogo circular (Decision for disaster: the battle of the Bay of Pigs, The brilliant disaster: JFK, Castro, and America’s doomed invasion of Cuba’s Bay of Pigs, Politics of illusion: the Bay of Pigs invasion reexamined, The politics of wishful thinking: nineteenth century precedents of the Bay of Pigs, Betrayal at the Bay of Pigs: A CIA Participant Challenges the Historical Record, Failures of the presidents: from the Whiskey Rebellion and War of 1812 to the Bay of Pigs and war in Iraq). Aparte de cuestionar la imagen de eficiencia y seriedad de los policy-makers washingtonianos –tan ineptos y politiqueros como los de cualquier “banana republic” hollywoodense—o el profundo desdén –no exento de un marcado racismo por cierto– con que manejaban estos los asuntos relativos a su “patio trasero” caribeño, gracias a análisis crecientemente detallados y sofisticados, llegan estos trabajos a tocar la fibra moral y psicológica de la intrincada relación.

El historiador Howard Jones, por ejemplo, coloca en el centro de su relato, la preocupación de Kennedy por asegurar lo que, en el lenguaje burocrático, denominaban “negación creíble” (“plausible deniability”), vale decir –siguiendo una definición standard— el recurso a “la creación deliberada de estructuras de poder y cadenas de mando tan flexibles e informales que permitan negar la participación del poder ejecutivo cuando se revela una violación.”[2] Nada menos que a Allen Dulles –fundador de la CIA, arquitecto del modelo de “operación encubierta” que el mismo pondría en práctica en Irán (1952) y Guatemala (1954)—se le atribuye la paternidad de dicha noción. Parte fundamental de esta doble moral burocrática era asegurar la “plausible deniability” con respecto a los planes de asesinar a Castro con el concurso de mafiosos italo-americanos como Sam Giancana o Santo Traficante enfurecidos por las medidas que contra sus negocios habaneros había dispuesto el régimen revolucionario.

Queda claro también de la lectura de estos textos, la peculiaridad extrema de las relaciones cubano-estadounidense y las singularísimas pasiones que de esa historia derivan.

II

A tres referencias históricas podemos recurrir para ilustrar ese vínculo tan complejo.

A la célebre observación de John Quincy Adams –el arquitecto de la política exterior estadounidense– de 1823 en primer lugar en que manifiesta que, “así como una manzana, arrancada de un árbol por una tempestad no puede sino caer en el suelo, desprendida de su relación con España e incapaz de autosostenerse, solo hacia la Unión Norteamericana podía gravitar la isla de Cuba.” La tesis, en pocas palabras, de Cuba como “apéndice natural” de la patria de Washington.

La carta de José Martí a Manuel Campos en segundo lugar, fechada el día anterior a su muerte (Mayo 18 de 1895), en los inicios de la tercera guerra por la independencia de su patria, en la que advertía de los riesgos de confiar demasiado en los EEUU en ese crucial momento de su historia. El problema, en suma, no era solamente expulsar al colonizador español sino resguardarse de la voracidad yanqui. De ahí que, evitar que los EEUU “se extiendan por las Antillas” y “caigan sobre nuestras tierras de América” fuese también un objetivo de la independencia de Cuba; por lo cual era necesario entender que: “con nuestra sangre estamos cegando” que se concrete “la anexión de los pueblos de nuestra América al Norte revuelto y brutal que los desprecia.” Con la autoridad de quien había pasado buena parte de su vida como exilado en aquella nación, concluía Martí con un frase para la posteridad: “he vivido en el monstruo, y le conozco las entrañas; y mi honda es la de David.”

La Enmienda Platt para terminar. O sea, el dispositivo que la flamente República de Cuba tuvo que incorporar en su constitución de 1901, aceptando la tutela estadounidense, como condición para existir y que confería a los EEUU el derecho a intervenir en caso de que las vidas, la propiedad o la libertad individual de sus ciudadanos se encontrara en situación de riesgo.

En el marco de esa complicada historia iría forjándose una singular vida política marcada por el chantaje con la carta de la intervención yanqui, el clientelaje articulado en torno a los intereses de las compañías norteamericanas y un alto grado de corrupción de fuerte tono gansteril.

Ramón Grau San Martín (símbolo de la generación reformista de los años 30 devenido el domesticado presidente de los 40); Julio Antonio Mella (el líder estudiantil co-fundador del Partido Comunista Cubano, asesinado a los 26 años por los esbirros del dictador Gustavo Machado); Fulgencio Batista (el astuto sargento que se convierte en el hombre providencial de Washington en la isla en el marco de la crisis generada por el impacto de la “gran depresión”) y, por supuesto, Eddy Chibás (el carismático líder del Partido Auténtico que dramatizó su frustración con una Cuba irreformable por medios pacíficos, quitándose la vida mientras conducía un programa radial), podrían ser mencionados como los grandes referentes del singular medio político cubano. Un panorama en que, frente a las miserias derivadas de una humillante dominación, el heroísmo de Martí emergía como la única alternativa dignificadora. Fue lo que Chibás –fallecido en agosto de 1951 en vísperas del golpe que reinstauró a Batista en el poder—encarnó para la generación de Fidel: la reiteración de la profunda moralidad patriótica del ejemplo martiniano.

Con el asalto al cuartel Moncada y el célebre desembarco del “Granma” se autoinvistió ese impetuoso abogado treintañero el manto sagrado del Martí muerto en su intento de liberar a su patria del doble yugo hispano y anglo-sajón por la vía del desembarco y la lucha guerrillera también. Y en abril de 1961, con la inestimable colaboración de Kennedy y sus ineptos asesores político-militares, se abrió la posibilidad de instalar el espiritu martiano en ideología continental. Con la inestimable ayuda del Che, por supuesto, que le puso estilo, un atractivo rostro y un mínimo de “teoría” a la memoria heroica del celebrado autor de “Nuestra América.” Los burdos intentos de “eliminar” a Castro ideados por la CIA, más aún, no hicieron sino reafirmar la estatura continental de un líder que rápidamente comprendió que, instalando a Cuba en el ojo del huracán de la guerra fría, que aprendiendo a navegar las olas de la confrontación geopolítica en curso, podría encontrar las claves para la sobrevivencia de su proyecto revolucionario.

La historia de Cuba del último medio siglo es testimonio de la inusitada eficacia de esa aproximación, de la notable capacidad táctica del viejo comandante de la Sierra Maestra. En el 2012, contra todo pronóstico, medio siglo después de la expulsión de su Cuba revolucionaria, del sistema interamericano liderado por Washington, tiene arrestos todavía para ser él quien expulsa a los EEUU de una política hemisférica manejada ahora por su polo latino.

III

A ese bagaje –martiniano e “internacionalista”– recurre Fidel en el 2012 para pelear lo que acaso sea su última gran batalla: el parcial desmantelamiento del agotado estado revolucionario en el marco de la búsqueda de un salvador modelo post-soviético. Proceso que, para transcurrir sin consecuencias traumáticas, requiere encontrar un punto de balance entre “apertura” y “orden;” entre los supuestos “valores socialistas” y el impulso individualista inherente a una economía de mercado. Proceso en que redescubre Cuba –tras medio siglo de experimentación– los viejos imponderables estructurales que, ni la gran voluntad revolucionaria castrista había sido capaz de doblegar: las limitaciones productivas de una economía insular de larga tradición monoculturista y dependiente, impotente para detener la creciente reproducción de las históricas desigualdades pre-revolucionarias. Un proceso complicado, por si fuera poco, por un inesperado fruto del azar: la enfermedad de Hugo Chavez que proyecta una incógnita sobre la imprescindible contribución venezolana a la transición cubana.

Así, mientras, sus planificadores intentan desentrañar la cuadratura del círculo, desde su semi-retiro, encuadra Fidel el dilema doméstico cubano en el gran escenario continental; recurriendo, vale decir, a la vieja lógica izquierdista de la acumulación de fuerzas por la via de la polarización imperialismo-antiimperialismo. En ese marco, sus dardos contra Obama, apuntan a sepultar cualquier ilusión con una reelección demócrata y acaso anuncian lo que presiente como inminente: una nueva era de administración republicana más agresiva aún que la del propio George W. Bush. Contexto ideal, dentro de la dialéctica fidelista, para convertir la causa de la independencia cubana, una vez más, en bandera continental.

Del otro lado del estrecho de la Florida, entretanto –como bien anota Fidel—la somnolencia continúa. Y si, desde una perspectiva latinoamericana, la cumbre de Cartagena debiera ser recordada como un hito de la ya en curso “post-American Century,” aquí en los Estados Unidos, dicho evento hubiese pasado desapercibido de no ser por el incidente generado por la contratación de un grupo de “trabajadoras sexuales” por parte de los miembros del “servicio secreto” washingtoniano. O sea, la reiteración simbólica del Caribe (nombre del hotel en que ocurrieron los hechos) latinoamericano como un exótico y paradisíaco burdel.

Así las cosas, pertinente sería preguntarse si estamos al inicio de una nueva ronda de una vieja danza inmóvil. Y si vale la pena, para el resto de la región, seguir moviéndose a ese compás.

[1] Haynes Johnson with Manuel Artime, The Bay of Pigs. The Leaders’ Story of Brigade 2506, New York: W.W. Norton abnd Co., 1964, p. 37.

[2] Howard Jones, Bay of Pigs, New York: Oxford University Press, 2008.

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